Actividades extremas en Madeira: volar en parapente sobre Madalena do Mar

Asciende a los cielos de la costa sur de Madeira y descubre la emoción de volar en parapente entre los acantilados, las plantaciones de plátanos y el mar.
Hombre con gorra y mochila sonriendo.
João Amorim
Viajes de inmersión
Fecha:
oct. 01, 2025
Tiempo de lectura:
-min
Hay experiencias que te dejan sin aliento. Y luego están aquellas experiencias que, además de dejarte sin aliento, te hacen sentir más pequeño ante la inmensidad de la naturaleza. Ya había volado en parapente, pero, sinceramente, había olvidado por completo lo increíble que es esa sensación.
Cuando estaba planeando mi viaje, sabía que quería realizar diversas actividades extremas en Madeira y el parapente es una de esas experiencias que, además de ponerte a prueba, te permite contemplar paisajes que de otra forma no podrías ver.
Se puede practicar parapente en Madeira desde, por lo menos, tres lugares diferentes y creo que cada uno de ellos tiene su encanto, pero entiendo perfectamente por qué me recomendaron Madalena do Mar, en Madeira. Este pueblo pesquero es encantador, enclavado entre los escarpados acantilados que caracterizan tan bien la isla y el mar. Aquí se encuentra una de las plantaciones más extensas del famoso plátano de Madeira, que pinta el paisaje de una manera única. La guinda del pastel es su precioso paseo marítimo con su playa de guijarros y sus vistas mágicas de la puesta de sol.
Es bien sabido que el tiempo en Madeira es un poco impredecible. Y para practicar una actividad como el parapente, aún más: no puede haber poco viento, porque si no el ala no despega, ni demasiado viento, porque si no... ¡creo que no hace falta explicarlo! Por supuesto, el equipo de «I Can Fly In Madeira» tiene mucha experiencia y sabe perfectamente si se puede o no volar. Después de dos sesiones canceladas por culpa del viento, empecé a pensar que no sería posible. Pero, como ocurre con muchas cosas buenas en la vida, merece la pena esperar.
A la tercera va la vencida y me hice a la idea de que por fin iba a volar en parapente en Madeira. Esa mañana el cielo estaba despejado y el viento soplaba suave. Hablé con Gabriel, nuestro piloto, ¡y me convencí de que iba a poder volar! Dicho y hecho. Pero debo confesar que tuvimos muchísima potra. El momento no podía haber sido mejor, porque justo después de mi vuelo, el viento se hizo más fuerte y nadie más pudo volar ese día. ¡Eso hizo que todo fuera aún más especial!
El punto de encuentro para la experiencia de volar en parapente es en el pueblo, justo al lado de una playa, y hay una furgoneta que nos lleva hasta el punto de despegue, bien en lo alto, entre Ponta do Sol y Madalena do Mar: Arco da Calheta. Admito que cuanto más subíamos, más nervioso me ponía. El paisaje era increíble, pero estábamos muy por encima del nivel del mar y las vistas eran impresionantes. Cuando me meto en este tipo de aventuras, siempre tengo la sensación de ser mucho menos valiente de lo que creo, y el miedo siempre acaba recordándomelo.
Conocer a mi piloto tándem, Gabriel, me tranquilizó de inmediato. Es un tipo muy tranquilo, muy seguro de sí mismo, con muchos años de experiencia y con una calma que acaba siendo contagiosa: «sabe lo que hace», pensé. Esto es esencial, principalmente porque para poder despegar hay que correr hacia el vacío. Sí, para despegar después de ponerte el arnés y el casco, comprobarlo todo y con el ala en el aire, hay que correr unos metros hacia delante. El problema es que delante hay un acantilado de 300 metros hasta el mar. Es difícil explicar la adrenalina que sientes cuando oyes: «Cuando te lo diga, corre. No pienses. Confía en mí y corre». Y eso es lo que hice. Corrí. Sentí cómo el ala tiraba, cómo el cuerpo perdía contacto con el suelo y de repente... silencio. ¡Estábamos en el aire!
Hombre en parapente en el cielo, con casco.
Volar en parapente es una mezcla extraña y mágica de sensaciones. Por un lado, es increíblemente relajante. El paisaje se desliza lentamente bajo tus pies y el sonido del viento tiene un efecto casi meditativo. Al mismo tiempo, hay momentos de puro éxtasis que se mezclan con el miedo. No es constante, ni me dominó, pero de vez en cuando te dabas cuenta de la realidad de lo que estás haciendo: «Espera... realmente estamos flotando a decenas de metros sobre el mar». Y quizás por eso, volar en parapente sea tan desafiante y espectacular. Somos vulnerables, estamos a merced de los elementos, pero al mismo tiempo disfrutamos de una libertad total. Una de esas experiencias que sé que nunca olvidaré.
Todas estas emociones hierven dentro de mí, pero no olvido lo que ven mis ojos mientras vuelo en parapente en Madeira: Madalena do Mar se muestra desde una perspectiva completamente nueva e imponente. Las plantaciones de plátanos se organizan como las piezas de un rompecabezas, con pequeñas casas que interrumpen estos patrones perfectos.
Hombre en parapente en el cielo, con casco.
A pesar de haber aumentado, el viento era controlable y el piloto mantuvo la calma en todo momento. Su tranquilidad me mantuvo centrado. Solo recuerdo que no dejaba de sonreír, esa sonrisa un poco tonta que se te dibuja en la cara cuando el cuerpo siente una alegría que es difícil de describir.
El vuelo era largo y el viento se intensificó un poco, se notaba. Pero, según Gabriel, eso era una buena noticia ya que facilitaría el aterrizaje. Y así fue, el aterrizaje en la playa de guijarros fue suave y tocamos el suelo con tanta ligereza y maestría que sentí como si simplemente me hubiera levantado del suelo. ¡Qué sensación de paz! Todavía lleno de adrenalina, pero al mismo tiempo con esa extraña sensación de haber vivido algo inolvidable que me reconfortaba y me hacía sonreír.
Gabriel preguntó: «¿Tuviste miedo o no?». «¡Muchísimo!», respondí. «Pero también sentí emoción, paz y asombro». De eso se trata volar, ¿no? Supongo yo. Una mezcla de sentimientos que nos hace volar... ¡en el sentido literal!
Hombre con parapente en tierra, con casco.
Si estás en Madeira, especialmente en la zona entre Ponta do Sol y Madalena do Mar, no te pierdas este vuelo. Probablemente serán los 30 minutos más largos de tu vida. ¡Pero en el buen sentido! Tendrás miedo, sí, pero también experimentarás una de las mayores libertades que la isla puede ofrecer. Y tal vez, como yo, tengas la seguridad de que hay momentos que merecen cada segundo de espera.
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