Era mi cuarta visita a la isla de Madeira. Y desde la primera vez, hace casi diez años, soñaba con visitar Porto Santo. Siempre había oído hablar de aquella playa interminable de arena dorada, casi como si fuera la tarjeta de visita de la llamada «Ilha Dourada». Son nueve kilómetros de playa de arena fina, aguas transparentes y un mar en calma: un destino perfecto para relajarse junto al mar. ¡Un lugar idílico! Me encanta la playa, pero para mí un destino tiene que tener más que eso. Así que quería descubrir qué se puede hacer en Porto Santo. Y sabía que no me decepcionaría.

Fue un viaje muy tranquilo y lleegar fue entrar en otra dimensión: era muy diferente de Portugal continental, de la isla de Madeira y, en realidad, de cualquier otro lugar que ya he visitado.
La isla me sorprendió en cada detalle: desde el silencio de los paisajes hasta las impresionantes puestas de sol. Creo que llegar fuera de temporada resultó ser la mejor elección. Abril es ese mes en el que ya hace buen tiempo, los días son largos y luminosos, pero no tiene las aglomeraciones que hay, por ejemplo, en verano. Porto Santo tiene su ritmo, sin prisas ni estrés. Y eso marcó la diferencia para mí. Solo tenía que salir del hotel y en pocos pasos ya estaba en la playa de Porto Santo, con espacio de sobra para extender la toalla, caminar hasta donde alcanza la vista y zambullirme en aquellas aguas de azul profundo.

Ya os he dicho que mi objetivo era saber qué visitar en Porto Santo más allá de la playa y explorar todo lo que ofrece esta isla. Y, en una isla con tanta arena, empecé por lo menos obvio: ¡un sendero en plena naturaleza!
Elegí el «PSPR1 - Vereda do Pico Branco e Terra Chã», uno de los mejores senderos de Porto Santo. Que había rutas preciosas era obvio, solo que no esperaba tanta diversidad. Y lo admito: ¡nunca pensé que subiría tan alto! Pero me alegro de haberlo hecho.

Desde el principio, el paisaje nos invitó a detenernos y disfrutarlo. En abril, todo estaba verde y vivo, con flores y vegetación que contrastaban con el azul profundo del mar. A cada paso, la vista cambiaba: a veces a laderas escarpadas, a veces al océano infinito. Era uno de esos senderos en los que no solo caminas con los pies, sino también con el alma. Los paisajes, en esta época, con la isla aún verde, parecen una fusión perfecta entre Madeira y las Azores.

Llegar a Terra Chã fue como descubrir un refugio secreto. ¿Quién iba a pensar que en esta isla de clima seco y paisaje volcánico, a una altitud considerable, aparecería un pequeño bosque?

Antes de regresar, me detuve a contemplar las amplias vistas y las olas rompiendo en la orilla: la tierra pintaba el mar de un color único. Porto Santo ofrece sencillez y grandeza en un solo lugar, y es un auténtico destino natural.

Como fotógrafo, una de mis prioridades era descubrir los mejores lugares para ver la puesta de sol en Porto Santo, y el mirador de la Flor era una visita obligada. Llegué a la hora dorada, cuando la luz lo transforma todo. El mar se extendía como un manto infinito, con la isla de Madeira al fondo y el Ilhéu da Cal (islote de cal) en primer plano. A su alrededor, el cielo estallaba en colores. Solo yo, otro fotógrafo, el viento y el escenario perfecto. Creo que las fotos hablan por sí solas.

Pero el lugar que encabezaba la lista era la playa de Porto das Salemas, uno de los lugares más increíbles de la isla. No solo es perfecta para contemplar la puesta de sol en Porto Santo, sino que con la marea baja también forma piscinas naturales entre la roca volcánica negra. ¡Y tuvimos la suerte de captar la luz dorada justo en ese momento!

El corto descenso por una pista de tierra mereció totalmente la pena. Abajo, las piscinas turquesas parecían de otro planeta. A cada paso, descubríamos un nuevo charco, un nuevo ángulo. La luz se reflejaba en el agua, creando tonos dorados y azulados. Parecía un cuadro y yo solo quería que ese momento no acabara nunca. Fue, sin duda, uno de los momentos más especiales de todo el viaje y era todo lo que imaginaba que sería este lugar.
Pero hice muchas más cosas que quiero contar: visité Porto dos Frades y pasé una hora charlando con un pescador; buceé con meros ―las aguas de Porto Santo tienen una visibilidad maravillosa―; visité la playa de Calheta y, por supuesto, comí más de lo debido, ¡porque la comida es sencillamente maravillosa!
Y no podía faltar la famosa playa de Porto Santo: nueve kilómetros de arena dorada terapéutica, fina y suave, bañada por un mar siempre en calma. Fue nuestro punto de descanso entre aventuras.
